Situado entre Irán y Omán, el estrecho de Ormuz es uno de los corredores marítimos más importantes para la distribución de petróleo y gas en todo el mundo. Cada día, aproximadamente 20 millones de barriles de crudo —alrededor de una quinta parte de la demanda global de hidrocarburos líquidos— atraviesan este angosto canal, según datos de la Agencia de Información Energética de EE. UU. (EIA). Además, un porcentaje considerable del gas natural licuado, principalmente procedente de Catar, sigue esta ruta hacia mercados asiáticos.
Con apenas 50 kilómetros de ancho y profundidades que rondan los 60 metros, esta vía es especialmente vulnerable a bloqueos o ataques, lo que ha convertido su control en un tema central de seguridad internacional. La ruta está flanqueada por islas estratégicas, como Ormuz, Qeshm y Larak —bajo jurisdicción iraní— y las disputadas islas Gran Tomb, Pequeña Tomb y Abu Musa, controladas por Irán desde la retirada británica en 1971. Desde estas posiciones, Teherán mantiene una vigilancia constante sobre los accesos marítimos de países como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Catar, Kuwait e Irak.
El creciente intercambio de ataques entre Irán y Estados Unidos ha reavivado las amenazas de Teherán de cerrar este paso marítimo como medida de presión en escenarios de crisis. Aunque solo Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos cuentan con oleoductos alternativos que les permiten desviar hasta 2,6 millones de barriles diarios, un eventual bloqueo de Ormuz provocaría graves perturbaciones en la cadena de suministro de energía a nivel mundial.
Expertos como Justin Alexander advierten que, de ejecutar esta amenaza, Irán también se vería afectado al obstaculizar sus propias exportaciones de crudo, en un contexto económico ya complicado. Thomas Juneau, profesor de la Universidad de Ottawa, coincide en que una maniobra de ese calibre podría deteriorar aún más sus vínculos con socios comerciales clave como China.
El estrecho ha sido escenario de conflictos en el pasado. Durante la “Guerra de los petroleros” en la década de 1980, numerosos buques resultaron dañados por minas colocadas en la zona. Un ejemplo recordado es la fragata estadounidense USS Samuel B. Roberts, que en 1988 sufrió serios daños tras impactar con una mina iraní.
Actualmente, la seguridad de este corredor recae en parte sobre los Guardianes de la Revolución Islámica, que supervisan la actividad naval iraní en el Golfo Pérsico y vigilan cualquier movimiento de la Quinta Flota de EE. UU., que opera desde Baréin.
El estrecho de Ormuz sigue siendo, por tanto, un punto neurálgico en la disputa por la estabilidad energética global y la pugna de poder en Medio Oriente.
