a emergencia registrada en el barrio El Boliche de Barranquilla, donde once personas fallecieron y varias más permanecen hospitalizadas tras consumir licor artesanal, expone nuevamente una problemática recurrente en Colombia: la falta de control y regulación frente a la producción y consumo de bebidas alcohólicas informales.
Según la Secretaría Distrital de Salud, los decesos se produjeron por complicaciones asociadas a acidosis metabólica, un cuadro derivado de la ingesta de sustancias tóxicas que podrían haber sido usadas en la preparación de la bebida. El caso no solo destapa la vulnerabilidad de comunidades en situación de pobreza, sino también la magnitud de un fenómeno que trasciende lo local y afecta a todo el país.
El consumo de licores de origen desconocido es frecuente en sectores populares debido a su bajo costo, pese a que la Organización Mundial de la Salud ha advertido que las bebidas adulteradas o artesanales representan uno de los mayores riesgos de intoxicación y muerte súbita en Latinoamérica. En Colombia, incautaciones recientes de licor ilegal evidencian la amplitud de un mercado que se mantiene activo y al margen de cualquier control sanitario.
Expertos consultados señalan que la tragedia en Barranquilla debe interpretarse como una alerta nacional: mientras no existan campañas sostenidas de prevención y medidas más estrictas contra la producción clandestina, episodios similares seguirán cobrando vidas. “No es un caso aislado, es la punta del iceberg de un problema de salud pública que requiere atención integral”, advierten.
El desafío, subrayan las autoridades sanitarias, es doble: por un lado, intensificar los controles y sanciones a los productores ilegales, y por otro, generar alternativas de acceso a bebidas seguras y campañas de sensibilización que disuadan a los consumidores de optar por productos que, aunque baratos, ponen en riesgo su vida.
