Los cajeros automáticos de Venezuela de ser una fortaleza bancaria, pasan a ser una reliquia nacional

Internacional

Lo que alguna vez representó el avance tecnológico del sistema financiero venezolano, hoy parece quedar en el recuerdo. Los cajeros automáticos, que durante décadas fueron el principal canal de acceso a los servicios bancarios, han ido desapareciendo de calles y centros comerciales en todo el país, reemplazados por las operaciones digitales y el uso de aplicaciones móviles.

De acuerdo con cifras del Banco Central de Venezuela (BCV), a junio de 2025 solo permanecen 3.992 cajeros operativos, lo que equivale a una reducción del 62 % en diez años. Las entidades Banco de Venezuela, Mercantil y BDT mantienen más de la mitad de los equipos activos, aunque muchos funcionan con limitaciones debido a la escasez de efectivo.

La historia de estos dispositivos en el país comenzó hace más de cinco décadas. Según la Asociación Bancaria de Venezuela (ABV), el primer cajero se instaló en 1972 en el Banco de Venezuela, mientras que el Banco Mercantil sitúa su aparición en los años ochenta. Durante los años 80 y 90, su expansión fue símbolo de modernidad: la creación de redes como Suiche 7B y Conexus permitió que los clientes pudieran retirar dinero o consultar saldos desde casi cualquier entidad.

Sin embargo, el escenario actual es completamente distinto. La hiperinflación, la escasez de billetes y la digitalización acelerada de los servicios financieros cambiaron la manera en que los venezolanos se relacionan con el sistema bancario. Hoy, la mayoría de las transacciones se realizan mediante pagos móviles o transferencias electrónicas, relegando a los cajeros automáticos a un papel casi simbólico.

En comparación con otros países de la región, la brecha es evidente. Venezuela cuenta con apenas 13,6 cajeros por cada 100.000 adultos, una cifra muy inferior a la de Colombia (38,9), Ecuador (36,5) y Perú (128,1).

Para muchos ciudadanos, encontrar un cajero funcional se ha vuelto una tarea difícil, y para los bancos, mantenerlos operativos en medio de la crisis económica resulta cada vez menos rentable. Así, los cajeros automáticos —que alguna vez marcaron el inicio de la modernización financiera— se han convertido en una reliquia urbana, testigo de un país que cambió su forma de manejar el dinero y se adaptó, por necesidad, a un futuro sin efectivo.

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