Dos décadas después de su cierre, la emblemática base naval Roosevelt Roads, en Ceiba (Puerto Rico), vuelve a encender sus radares. La administración del presidente Donald Trump ha ordenado su reactivación, reintroduciendo una presencia militar que muchos creían parte del pasado y que ahora se perfila como pieza central en la reconfiguración del poder estadounidense en el Caribe.
La medida, confirmada por fuentes oficiales y reportajes de Reuters, responde a una estrategia que el gobierno ha presentado como parte de la “guerra global contra el narcotráfico”. Sin embargo, analistas internacionales interpretan el movimiento como un reposicionamiento geopolítico frente al avance de potencias rivales —como China y Rusia— en América Latina y el Caribe, así como al papel de Venezuela como foco de tensión regional.
Una base con historia y simbolismo
Roosevelt Roads, también conocida como “Rosy Roads”, fue durante décadas uno de los principales bastiones navales de Estados Unidos en el Atlántico. Desde allí, se coordinaron operaciones clave durante la Guerra Fría y las intervenciones militares en América Central y el Caribe. Su cierre en 2004, tras años de presión social y denuncias por contaminación y abusos ambientales, fue considerado un triunfo del movimiento civil puertorriqueño.
Hoy, la base revive con nuevos objetivos: servir como centro logístico para aeronaves avanzadas —incluidos los cazas F-35—, buques de guerra y portaaviones asignados al Comando Sur (Southcom). Se trata de una respuesta directa al aumento del tráfico marítimo ilícito y a la creciente presencia de actores no estatales y aliados de potencias extrarregionales en el Caribe.
Entre la seguridad y la soberanía
El gobierno estadounidense defiende la decisión como una necesidad operativa frente a las rutas del narcotráfico que conectan América del Sur con Europa y Norteamérica. Sin embargo, en Puerto Rico, el anuncio ha reabierto heridas históricas. Líderes locales y organizaciones sociales denuncian la “remilitarización de la isla”, recordando que la presencia militar en Vieques y Ceiba dejó profundas secuelas ambientales, económicas y psicológicas.
“El Pentágono dice venir a protegernos, pero cada vez que aterrizan aquí, terminamos siendo el laboratorio de su poder”, declaró un académico de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.
Un tablero geopolítico en movimiento
El retorno de Roosevelt Roads debe leerse en el contexto de un ajedrez militar hemisférico. Mientras Rusia estrecha lazos con Venezuela y Nicaragua, y China amplía su presencia económica en el Caribe, Estados Unidos busca reafirmar su papel como garante de estabilidad regional. La instalación de bases, el despliegue de flotas y la modernización de infraestructuras estratégicas forman parte de una tendencia más amplia de re-militarización del Caribe.
Para los expertos en defensa, el mensaje es claro: el Caribe vuelve a ser una frontera de poder. Lo que en los años 80 fue escenario de la guerra contra el comunismo, hoy se convierte en campo de disputa por la influencia global.
Ecos del pasado
Mientras avanzan los trabajos de restauración, en Ceiba se respira una mezcla de expectativa y desconfianza. Los comercios locales esperan que la reapertura traiga empleos y dinamismo económico, pero muchos habitantes temen que el costo social sea demasiado alto.
El regreso de Rosy Roads no solo marca el resurgir de una base militar, sino el regreso de una era: aquella en la que el Caribe era el epicentro de la estrategia militar estadounidense. Y aunque el Pentágono habla de “cooperación y seguridad regional”, en el horizonte puertorriqueño resuena una pregunta que lleva décadas sin respuesta:
¿hasta qué punto la seguridad de Estados Unidos puede seguir construyéndose sobre el silencio de sus islas aliadas?
