Corea del Sur se ha convertido en un referente mundial en reciclaje de residuos alimentarios, alcanzando una tasa de reutilización del 97%. Este éxito no es casualidad, sino el resultado de políticas implementadas durante décadas, con un sistema que obliga a los ciudadanos a pagar según la cantidad de desperdicios de comida que generan.
El país asiático enfrentaba serios problemas de gestión de residuos en la década de los 80 debido a su acelerado crecimiento económico y alta densidad poblacional. Las protestas ciudadanas ante la proliferación de vertederos impulsaron la adopción de regulaciones más estrictas. En 1995, se estableció un sistema de cobro por volumen de basura, en 2005 se prohibió desechar restos de comida en vertederos y, finalmente, en 2013 se implementó el actual sistema de pago basado en el peso de los desechos.
Los ciudadanos pueden elegir entre tres métodos para deshacerse de sus residuos: comprar bolsas oficiales de distintos tamaños, adquirir calcomanías que indican el peso de los desperdicios o utilizar máquinas con sensores de radiofrecuencia que registran la cantidad desechada y calculan el costo, cobrándolo automáticamente o incluyéndolo en la factura mensual de servicios. Este esquema ha llevado a una reducción significativa en la cantidad de residuos generados y ha fomentado una mayor conciencia ambiental.
Además de la penalización económica, existen sanciones para quienes incumplan las normas. Las multas pueden llegar hasta los 7.000 dólares para empresas y superar los 70 dólares para hogares que intenten evadir el sistema. Gracias a este modelo, Corea del Sur ha logrado transformar los restos de comida en productos útiles: casi la mitad se destina a la alimentación animal, otro porcentaje se convierte en abono y una parte es utilizada para generar biogás.
Si bien el modelo surcoreano ha demostrado ser eficiente, aún enfrenta desafíos como el control de la salinidad en los alimentos reciclados y la optimización del biogás. Expertos sugieren que esta estrategia podría aplicarse en otros países, aunque adaptándola a cada contexto. En naciones con inseguridad alimentaria, por ejemplo, la prioridad debería ser reducir las pérdidas y fomentar la redistribución de alimentos.
Corea del Sur ha demostrado que con un sistema bien estructurado y el compromiso de la población, es posible minimizar el desperdicio de alimentos y convertirlo en un recurso aprovechable.
